Pretéritos-2

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El paraíso era un autobús
Juan José Millás - 2003

Él trabajó durante toda su vida en una ferretería del centro. A las ocho y media de la mañana (llegar) a la parada del autobús y tomaba el primero, que no (tardar) más de diez minutos. Ella (trabajar) también durante toda su vida en una mercería. Solía coger el autobús tres paradas después de la de él y se bajaba una antes. Debían salir a horas diferentes, pues por las tardes nunca coincidían.

Jamás se hablaron. Si había asientos libres, se (sentarse) de manera que cada uno pudiera ver al otro. Cuando el autobús (ir) lleno, se (ponerse) en la parte de atrás, contemplando la calle y sintiendo cada uno de ellos la cercana presencia del otro.

(coger) las vacaciones el mismo mes, agosto, de manera que los primeros días de septiembre se (mirar) con más intensidad que el resto del año. Él solía regresar más moreno que ella, que (tener) la piel muy blanca y seguramente algo delicada. Ninguno de ellos llegó a saber jamás cómo era la vida del otro: si (estar) casado, si tenía hijos, si (era) feliz.

(...)



Pasaron otoños, primaveras, inviernos. A veces (llover) y el viento aplastaba las gotas de lluvia contra los cristales del autobús, difuminando el paisaje urbano. Entonces, él (imaginar) que el autobús (ser) la casa de los dos. Había hecho unas divisiones imaginarias para colocar la cocina, el dormitorio de ellos, el cuarto de baño. E imaginaba una vida feliz: ellos (vivir) en el autobús, que no paraba de dar vueltas alrededor de la ciudad, y la lluvia o la niebla los (proteger) de las miradas de los de afuera. No (haber) navidades, ni veranos, ni semanas santas. Todo el tiempo llovía y ellos (viajar) solos, eternamente, sin hablarse, sin saber nada de sí mismos. Abrazados.

Así fueron haciéndose mayores, envejeciendo sin dejar de mirarse. Y cuanto más mayores eran, más se amaban; y cuanto más se amaban más dificultades tenían para acercarse el uno al otro.

Y un día a él le (decir) que tenía que jubilarse y no lo , (entender) pero de todas formas le (hacer) los papeles y le (rogar) que no volviera por la ferretería. Durante algún tiempo, siguió tomando el autobús a la hora de siempre, hasta que llegó al punto de no poder justificar frente a su mujer esas raras salidas.

De todos modos, a los pocos meses también ella se jubiló y el autobús dejó de ser su casa.

Ambos fueron languideciéndose por separado. Él (morir) a los tres años de jubilarse y ella murió unos meses después. Casualmente fueron enterrados en dos nichos contiguos, donde seguramente cada uno siente la cercanía del otro y sueñan que el paraíso es un autobús sin paradas.



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